jueves, 17 de noviembre de 2011

Todos somos Pinocho


Ilustración de Carlo Chiostri

He estado pensando en cuál fue la intención de Collodi al crear un personaje que nace a la vida con ocho años, sin pasado, sin historia. Su creador lo enfrenta a la vida cuando su cabeza todavía es una tabula rasa donde todo está por escribir. No conoce nada del mundo, ni bueno, ni malo. Por tanto, se enfrenta a la realidad que lo rodea de forma desprejuiciada. Al no haber recibido ninguna educación, el muñeco no tiene a su alcance ninguna forma de defensa y no conoce la desconfianza. Es un títere al que manejan los demás. En su camino de iniciación aprende a defenderse de los males del mundo a medida que va perdiendo su inocencia y, por tanto, su libertad. Porque era esa ingenuidad absoluta la que lo hacía libre y despreocupado. En este sentido, no creo en el libre albedrío y considero que conforme te haces adulto vas perdiendo tu libertad (como dice un cantante al que admiro mucho "la vida es una cárcel con las puertas abiertas"). Por otro lado, a veces pienso que por mucho que aprendamos y por mucha experiencia que tengamos, no dejamos de enfrentarnos al mundo reproduciendo nuestros miedos e inseguridades infantiles, (aunque intentemos gestionarlos, administrarlos, e incluso eliminarlos), y que nuestra experiencia no nos sirve de mucho a la hora de enfrentar nuevas dificultades. Quizá es por eso que Pinocho sale al mundo sin ningún bagaje previo, porque esa experiencia tampoco le garantizaría el éxito.

Ilustración de Carlo Chiostri

En esta ocasión, he reproducido una de mis intervenciones sobre Pinocho, de Colldi, en uno de los foros de lectura de la 4ª edición del Máster en Libros y Literatura para Niños y Jóvenes de la UAB.

1 comentario:

  1. Libertad, haberla, hayla. Solo que algunas libertades tienen un alto precio. O requieren de mucho trabajo. Para Viktor E. Frankl, por ejemplo, la libertad existía hasta en el campo de concentración (creo que L'home a la recerca de sentit está en casa de los papes). Me parece que perder la inocencia no supone perder la libertad, sino ganar un margen de libertad. Solo conociendo la existencia del mal está uno en condiciones de imaginar cómo hará para luchar contra él o, como mínimo, para no caer en sus garras. Cuando uno es inocente, cuando no sabe nada de la posibilidad del mal, está completamente a su merced. Si no sabes que la llama quema, metes el dedo.

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